Mérida.- El tiempo, inexorable no perdona a nada, ni a nadie.
La mayor parte de quienes hemos pasado por esta vida nace, crece, se reproduce, muere…y es olvidado.
Nosotros, en www.peninsuladeportiva.com no podemos, ni podremos olvidar al que para nosotros, no ha sido el mejor boxeador, pero sí el más grande de esta disciplina y del deporte en general.
En un día como hoy, Dios libró de una condena de unos 35 años (prácticamente la mitad de su vida) a Mohamed Alí, quien desde inicios de la década de los 80´s (siglo pasado, claro está) padeció la enfermedad del Parkinson.

La imagen de un Alí, sin control de su humanidad le dio un tono distinto, no de originalidad, sino de tristeza a los Juegos Olímpicos de Atlanta.
La noche del viernes 3 de junio de 2016, ya casi sábado, Alí exhalaba el último aliento en la ciudad de Scottsdale, Arizona, donde horas antes había sido internado.
Y si bien su habilidad corpórea lo condujo al título mundial (cuando sí lo era), fue ese travieso, sinuoso apéndice bucal el que lo llevó a ser el más grande.
Antes suyo si hubo quien “calentase” las peleas o dejase impresas en el colectivo frases célebres, como aquella de Jake Lamotta quien hablaba de su éxito de no salir diabético tras su serie de peleas con Ray “Sugar” Robinson.

El mejor de la primera mitad del siglo XX, el mejor de la segunda mitad y el más grande.
Pero nadie con una estrategia tan hilarante, increíble, ocurrente y con tanto “timing” (frase boxística que define precisión perfecta en el momento de hacer algo sobre el ring) para conferirle una importancia adicional al boxeo.
Pero Alí, quien rechazó su nombre original por considerarlo el de un esclavo, fue mucho más allá, pues incursionó en la agenda social de su país, que él volvió mundial.

Tratando de salvar a un suicida en la década de los 70´s.
En absoluto es para nosotros el mejor boxeador de todos los tiempos, ni siquiera el mejor peso pesado, pero su concurso extraring lo llevó a la posición que lo convirtió e un ícono del boxeo, del deporte, de la raza negra, de Estados Unidos y del mundo.
No vamos a ahondar en esta reseña sobre su carrera boxística que es más que conocida, sólo queremos que sea recordado por usted y por muchos más.

Hace 41 años en la Ciudad de México, “vacilando” con “Cantinflas”, con José Sulaimán como réferi, atrás de izquierda a derecha, Pedro Mendoza y Vencis, el promotor y comerciante de joyas, Yamil Chade (de bigotes), Eduardo Lamazón (semioculto) y Raúl “Ratón” Macías, en la Ciudad de México.
Hoy, a cinco años de su muerte, esperamos no ser los únicos allende su familia que lo recuerden, confiamos en que no será así.
Habemos varios, seguramente no millones, pero si algunos miles que lo traemos en la memoria, seguros de que está mejor en el sitio en el que hoy día permanece.