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RODRIGO MARTÍNEZ
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INICIO OPINIÓN     Viernes, 18-Enero-2013

La filosofía de un marchista que entregó el corazón por México

Un recuerdo para quien dio la última medalla de caminata a este país

Fotografía tomada el día en que el autor se encontró con Noé Hernández. El marchista acababa de dar una plática motivacional en Tlalmanalco, municipio del Estado de México.

México.- "No me gusta que el tiempo pase ni verme envejecer. Sin embargo, cada año que pasa tengo la oportunidad de trasmitir mi experiencia, por eso me gusta vivir con intensidad". Estas fueron las primeras palabras de una larga plática que tuve con Noé Hernández, medallista de plata en los 20km de marcha en los Juegos Olímpicos Sídney 2000.

En el encuentro circunstancial que tuve con el andarín -meses antes de que recibiera un disparo en la cabeza en un bar del Estado de México-, me pude enterar de su fe deportiva, de las clínicas motivacionales a estudiantes y atletas que comenzó a impartir a raíz de su logro en la máxima justa deportiva del planeta.

La fe que Noé me proyectó en aquello ocasión sobre el deporte mexicano fue el reflejo de sus máximos logros y el sacrificio que tuvo que hacer para poder tener voz dentro de la caminata azteca. Para él, desde el momento en que se colgó la medalla de plata, su vida cambió más allá de los reflectores y seguimiento que los medios de comunicación le comenzaron a dar. Él entendió que tenía que buscar la forma de trasmitir la sensación de estar en un podio olímpico, de pasar un mensaje que pudiera sembrar el deseo de competencia y superación a través del deporte.

Noé Hernández creía fielmente en que México saldría adelante con el esfuerzo de los jóvenes. Desde su perspectiva, "ser un ganador es sencillo, pero como todo en la vida, se requiere de un esfuerzo, en el caso del deporte debemos de hablar de un doble esfuerzo". Y es que de acuerdo al entender del marchista mexiquense, el problema del país estaba en la falta de motivación que presenta la niñez mexicana y la ausencia de profesionales que enfoquen a los jóvenes en la cultura física y del deporte.

Su apuesta estaba hecha. Poner todo lo que su imagen y experiencia podía generar en pro de los jóvenes mexicanos que aspiran a forjarse en el éxito continuo; esa fue su motivación trascendental después de retirarse de la actividad profesional.

Noé lo tenía claro, su función como Director del Deporte en Chimalhuacán, le acercaban los instrumentos necesarios para hacer realidad su sueño de ayudar a la juventud a través del deporte:

"Para el próximo año (2013) me he puesto algunos retos, en este año (2012) no me los puse y no me fue muy bien. Ya los tengo hasta marcados en la agenda y no descansaré hasta cumplirlos" indicó el medallista.

Dentro de la timidez inicial que su rostro mostraba al hablar de los planes e iniciativas que tenía en mente para este año, su cara se iluminaba de tal forma que sus ojos proyectaban esas imágenes que Noé imaginaba para el deporte mexicano. Lamentablemente para todos los que estamos involucrados y que creemos en la activación física del país, el tiempo dictaminó que su esfuerzo y enseñanza ya habían entregado lo suficiente a un país que sus éxitos deportivos los cuenta con los dedos de la mano.

Su legado servirá para motivar a futuras estrellas del deporte. La medalla y la emoción que nos entregó en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, se quedarán grabados en la historia del deporte y en la fuerza motivacional que su presea le imprimió al país.

Para Noé Hernández el deporte nunca representó un desafío, su espíritu que imprimió a través de la marcha, le entregaron la gloria que lo ponen como una de las leyendas del deporte mexicano.

Noé Hernández fue un atleta que entregó el corazón por México, un marchista que hasta sus últimos días emanó esa grandeza que contrastaba con la humildad con la que se conducía. La convicción pura y servil que el andarín proyectaba para motivar a los jóvenes, es un hecho que los atletas de alto rendimiento deberían de imitar.

Con esta luz que se apaga en la caminata mexicana, los focos rojos se encienden dentro de esta disciplina. La última gran gloria de la marcha nacional alzó el vuelo para competir en un sitio donde sólo los privilegiados pueden andar. Su pase de entrada se lo ganó con la presea que conquistó en la justa olímpica, un momento que muy pocos mexicanos han tenido la fortuna de vivir.

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