Tomado del Diario El Universal
Gancho al hígado | José Sulaimán
Esta fue la última columna que don José, nuestro colaborador desde hace unos años, redactó para EL UNIVERSAL, el 28 de septiembre de 2013
El próximo martes me someteré a una cirugía importante. Me enfrentaré a ella con la tranquilidad que dan la confianza en mis médicos y la fe que le tengo a Dios nuestro Señor y a la Virgencita de Guadalupe, como decía mi inolvidable amigo Raúl El Ratón Macías. Estoy tranquilo. Y en paz.
Espero no aburrirlos con mis reflexiones, pero tengo ganas de expresarlas. No dejo de pensar que soy hijo del destino. Ese mismo que nos trae oportunidades y que aprovecha aquel que sabe escogerlas.
Mi padre viajaba en 1921, a la edad de 21 años, desde Líbano a Boston, para unirse a sus padres, que lo dejaron en Líbano desde que tenía tres años de edad. Pero cambió su boleto para viajar en el mismo barco que los llevaría a las Américas con unos amigos y parientes. Desembarcó en Veracruz, y ahí se enteró que llegó a México y no a Estados Unidos y que todavía resonaban los cañones de la Revolución Mexicana. No pudo pasar al país del norte y se quedó en Ciudad Victoria, Tamaulipas, a donde había ido para buscar su visa.
Mi madre, nacida en Ciudad Victoria, volvió a Siria, la patria de sus padres, cuando apenas tenía un año de edad. Pero, a los 12 años, embarcó con su madre de regreso a México desde Lattequie, Siria. Pero fueron puestos en cuarentena en Italia, por las autoridades de Salubridad, porque un primo contrajo una enfermedad contagiosa. El barco que originalmente la llevaba se hundió. Una enfermedad familiar los salvó. Más tarde, cuando convencieron a mi abuelita de seguir su viaje por mar, regresaron a México. Mis padres se conocieron en Ciudad Victoria. Elías, mi papá y mi madre Wasila, se casaron y nacimos mi hermano Héctor, mi hermana Nelly y yo.
El destino, al que le debo todo, me condujo al boxeo desde niño, también por casualidad, pues al no tener dinero para pagar la entrada a una pelea y por temor a pedirle a mi padre, me pusieron en la pelea de botana, porque les faltaba un niño. Yo tenía unos 10 u 11 años. Me gustó mucho el deporte de los puños. Pero como no era muy bueno, con la nariz y la quijada fracturadas cuando apenas cumplía unos 15 o 16 años, colgué los guantes.
Pero nunca dejé de ser comisionado de boxeo. Desde mandadero, ayudante, secretario, juez, réferi, anunciador de ring, supervisor y hasta promotor de veladas benéficas. Seguí subiendo los escalones del deporte, peldaño a peldaño, sin faltar uno solo. Comisionado local, estatal, nacional, internacional hasta llegar al puesto donde ya tengo casi 38 años. Todo ello a base de mi profundo amor al boxeo y compromiso, sin padrinos.
¡Toda una vida! Gracias a tantos y tantos grandes hombres del mundo, mis compañeros de todos los continentes en nuestro querido Consejo Mundial de Boxeo.
Jugué beisbol muchos años. Era también mi pasión y fui seleccionado nacional para los primeros Juegos Panamericanos. Tuve el honor de jugar en Ligas profesionales de Invierno, contra Ángel Castro, Jesús Cochihuila Valenzuela, Héctor Leal, Tomás Arroyo y muchos más que no son conocidos por las nuevas generaciones. Fui contratado por los Bravos de Boston, luego de Milwaukee y ahora de Atlanta. Pero nuevamente el destino metió la pata: una doble fractura de la tibia y el peroné en la pierna derecha me retiró del beisbol, siendo todavía muy joven, con unos 24 años de edad.
El boxeo en mis inicios en el CMB era un salvajismo legalizado, en el que muchas veces sólo faltaba que se dieran con la cubeta. No había organización alguna y el boxeo era una selva en la que todos seguían el camino que querían, como fuera. El boxeador que quisiera un título, tenía que ir a EU a entregarse al monopolio y entonces comprometerse para toda la vida.
Ahora el peleador hace lo mismo, pero lo lleva a cabo por dinero, por la fama y también por el monopolio disfrazado de la televisión.
El CMB estaba formado por 19 países y la medicina que se aplicaba era solamente el pesaje, la presión arterial, el ritmo cardiaco, “abre la boca y que Dios te bendiga”. El réferi lo permitía todo, hasta las patadas. Se tenían aproximadamente 20 accidentes fatales en los rings del mundo y los boxeadores terminaban con orejas de coliflor y hablando con las paredes.
Casi todos los días me voy a la cama finalmente tranquilo por la solución de un gran problema, pero al día siguiente me despierto con otro peor. Encontramos de todo en nuestro trajinar por este volcánico deporte de los puños. Ingratitudes y traiciones con frecuencia. Abusos, explotaciones, arrogancia de mediocres que se creen el papá de Superman y, bueno, para qué le sigo. Pero que siendo ya la costumbre, poca atención les ponemos. Se respeta el reglamento y punto.
Pero el boxeo es el campeón de los deportes. Ese que cuando suena la campana, deja a dos atletas solos buscando el triunfo sin tener un segundo de descanso, hasta que suena nuevamente para el fin del round. Ese mismo que al final de la pelea ve a los dos contendientes ir al centro del ring a estrecharse en un abrazo de respeto a las virtudes del rival. Abrazo que debería ser el ejemplo para todas las clases sociales, algo no muy visto en este mundo en el que hay tantos y tantos ríos de sangre, de enemistades políticas que ponen a la patria a un lado cuando buscan sus diferencias.
Con protestas hasta de la naturaleza, que día a día nos ataca con explosiones y derrumbes que nos consumen.
Es el boxeador el ser humano que más admiro, porque saltando de la pobreza y la falta de educación y cultura, se convierte en un ídolo para boleritos y presidentes. Que nos muestra a todos que con la unidad del equipo y la entrega y perseverancia, puede conquistarse la gloria deseada.
A todos considero mis hijos… hasta a aquellos que sin la menor misericordia nos lastiman.
Pero también existen muchísimos hombres de bien. Promotores sin los que el boxeador no tendría dónde y cómo competir. Y toda la familia de esa industria que se entrega al deporte de sus amores. Con ellos siempre estaremos.
Y ahora sí, con el cirujano…

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