Por Luis Miguel Estrada de Izquierdazo.com

México.- Sabemos que el boxeo también es la narrativa alrededor de los combates. Abajo del cuadrilátero se construye ese momento apoteósico con el cotidiano material de los entrenamientos, las negociaciones duras con los promotores y las tomas esenciales de postura. La magia ocurre dentro, y a veces, el drama ocurre afuera. Alfredo Perro Angulo, en su combate del 8 de junio de 2013, estará en la mira tanto por razones exclusivamente pugilísticas como por una excepcional situación fuera del cuadrilátero: su encierro de casi 8 meses en un Centro de Detención migratorio, en El Centro, California. Dentro del ring y fuera de él. El encierro y la libertad.

El 18 de enero de 2012, el Perro Angulo se presentó voluntariamente a las autoridades migratorias de Estados Unidos para solucionar su situación: había vivido ilegalmente en el país, pues su visa de trabajo había expirado. Lo que su abogado imaginó como un trámite de tres días, se convirtió en una detención de más de siete meses. Sin embargo, antes de ese día, ya había sufrido una serie de descalabros mayúsculos en su carrera fulgurante que hasta entonces iba en ruta de choque contra los campeones de la división. Tras romper con su promotor, Gary Shaw, su situación migratoria quedó abandonada en un limbo diplomático que levantó rumores en su contra. Para septiembre de 2010, Angulo era mirado con reservas por la gente del boxeo estadounidense debido a los problemas con su visa de trabajo, expirada. Ese mes, el analista de examiner.com, Michael Marley, citó a Bob Arum, de Top Rank, en su artículo “El estatus ilegal de Alfredo Perro Angulo acaba con su carrera en [Estados Unidos de] América”. El exsenador estadounidense dijo: “Nadie va a tocar a ese muchacho por su enorme problema legal (…) Escogió un mal momento para ser un inmigrante ilegal en nuestro país, eso es seguro”.  Y lo era. Angulo, ya firmado por Golden Boy Promotions, debió abandonar Estados Unidos y permanecer inactivo por más de un año, entre julio de 2010, cuando tuvo su último combate en Estados Unidos antes de su detención, y agosto de 2011, cuando tuvo su último triunfo antes de la tragedia. En ambos, noqueó a sus oponentes en el primer round. Ese era el Perro.

No se sabe cuál de las dos derrotas hizo más mella en Angulo como pugilista: el TKO a manos de James Kirkland, en Cancún, Quintana Roo, en noviembre de 2011, o la que sufrió ante las autoridades migratorias de los Estados Unidos, en enero de 2012.  Angulo, que había conseguido derribar en el primer round a Kirkland, agotó su energía tirando golpes en busca de la definición veloz de la batalla. La respuesta de Kirkland fue aplastante: después de conectarlo en pleno repetidamente, mandó a la lona al de Mexicali, quien se levantó exhausto y lastimado, prácticamente noqueado de pie. Los restantes trece minutos de acción de la pelea son dolorosos: desde el round 2 hasta el primer minuto del round 6, Angulo recibe la peor paliza de su vida, aunque en ningún momento deja de responder los golpes; camina lastimosamente hacia el banquillo entre los rounds con los ojos inflamados y la nariz y la boca sangrando; sentado en su esquina, es apenas una sombra del candidato al título mundial que era poco más de un año atrás, cuando su calvario migratorio aún no comenzaba a minarlo mentalmente. En el descanso entre los rounds 5 y 6, Angulo apenas puede ver por el ojo derecho y el izquierdo acusa lo desesperado de su situación. Al salir a pelear, Angulo levanta las manos para protegerse, pero todos los golpes de Kirkland se le cuelan. Intenta responder, pero no tiene fuerza. Esa imagen de un hombre incapaz de vencer al enemigo no tiene parangón en ningún otro punto de la historia de Angulo más que, de cierto modo, en los videos de las entrevistas de su detención.

El Perro Angulo apenas mira a la cámara mientras mantiene la cabeza hundida entre los hombros. La barba crecida hasta hacerlo parecer un náufrago acentúa el aire derrotado, abatido, de sus ojos extraviados en un mar de tinta y diplomacia fracasada. Entre un par de cejas tupidas, los ojos de Angulo eran la última visión de los noqueados. En la grabación de sus entrevistas en el Centro de Detención para migrantes, conducidas en mayo de 2012, sus ojos tienen ese aire de impotencia que presagiaba su nocaut técnico ante Kirkland. Como si no bastara con estar detenido, la libertad parece estar muy cerca: la ubicación geográfica del Centro es una broma cruel: su ciudad natal, Mexicali, está a sólo quince minutos en automóvil de donde se encuentra. Con su condición física y su temperamento frontal y decidido, Angulo podría haber llegado trotando a la frontera en una media tarde sin el sol a plomo. El espacio físico en el que se hallaba confinado, la cercanía aparente de la tierra de su patria, sólo acrecentaban lo dramático de su situación.

Tras su liberación, Óscar de la Hoya anunció que su peleador estaba en condiciones de recuperar la carrera que lo había abandonado. Uno de los entrevistadores en esa reunión de agosto de 2012, le asegura a Angulo que él es de los pocos hombres en el boxeo cuya reputación mejoró después de salir de prisión. Angulo lo corrige: no estuvo en una cárcel, sino en un centro de detención para inmigrantes. Su aclaración es pertinente: la cárcel es para los criminales convictos; el Centro de Detención, para los inmigrantes ilegales que aguardan cortes migratorias, no penales. A la mesa: la diferencia entre el crimen y la ilegalidad. No todo lo ilegal es un crimen, pero todo crimen es ilegal. Ambos, en el caso de la inmigración, entrañan la pérdida de la libertad en los Estados Unidos.

Al regresar a los encordados, cuando enfrentó a Raúl Casarez en el Stapless Center de Los Angeles, California, el 10 de noviembre de 2012, la gente coreaba su nombre. “Me aguantaba las ganas de llorar”, confesó el boxeador. Muchos, esa noche en California, reconocían en él a un hombre que había visto sus infiernos. El Perro recuperó su carrera justo donde la había dejado: con un nocaut en el primer round. Pero no es el mismo hombre que era antes de la detención. Eso fue claro cuando enfrentó a Jorge Silva, apenas treinta y cinco días después, en el Sports Arena de la misma ciudad. Angulo sigue siendo un peleador frontal, pero ahora asimila el castigo de un modo diferente. Lo integra a su estrategia de manera estoica, no lo acepta sólo como un riesgo del oficio. El Perro Angulo, cuando agradecía a la gente que lo había apoyado sin conocerlo, aseguraba que su único modo de corresponder a ese cariño era garantizar que cada vez que su nombre estuviera en una cartelera la gente podía esperar un buen combate. Incluso antes de ser detenido, el público ya lo sabía: nunca ha estado en algo como una mala pelea. Vive y muere sobre el ring. “Por algo me dicen el Perro“, nos recuerda.

Su pelea contra Erislandy Lara, este 8 de junio, es su oportunidad de volverse retador para el título mundial de la AMB: se juegan el título interino del organismo. Pero insisto, algo ha cambiado en él. Sigue buscando la pelea, sigue golpeando fuerte. Si acaso su resistencia o su pegada han disminuido, estamos por averiguarlo. Lo que ha cambiado está en otro lugar. Sabemos que algo en su espíritu ha sido lastimado, pero no quebrado. Esa herida es la que lo hace tan llamativo: la que no es evidente.

Al otro lado del ring, el excompetidor olímpico mexicano tiene un hueso duro de roer. La voz cansina y opaca de Angulo tiene su parangón en el silabeo pausado de Erislandy Lara. El cubano, junto con Guillermo Rigondeaux, intentó escapar del régimen castrista en 2007, durante los Panamericanos de Brasil. Fue detenido, se le prohibió volver a boxear en el país, lo que era igual a matarlo en vida. “Se trata de la libertad”, aseguró Lara en entrevista con Edward Castro, publicada en el sitio examiner.com. El periodista describe incrédulo el tono pacífico y sereno con que Lara narra su escapada infructuosa, a la que sumó otro intento más: una fuga en balsa motorizada desde Cuba hacia México. En una embarcación destartalada que todo el tiempo amenazaba con detenerse, él y otros cubanos atravesaron aguas infestadas de tiburones sintiendo el riesgo de las autoridades cubanas persiguiéndolos detrás. “Las primeras horas daba miedo, era peligroso. Después nos acostumbramos. Después llegó ese sentimiento especial de libertad”. Para Lara, su libertad ha sido escapar. Para Angulo, entrar y permanecer. Los dos boxeadores han conocido los infiernos en busca de la libertad que viven sus paisanos. Para ellos, la libertad existe en un espacio confinado por doce cuerdas, una jaula de seis por seis, donde está su verdadera patria.

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