Dos “monstruos” del boxeo invadieron Yucatán este fin de semana

Humberto “Chiquita” González y Pipino Cuevas pasaron un sábado sabroso en la capital yucateca; aquí se los cuenta “El Bofas”

Luis A. Boffil (El Boffas), distinguido y singular colaborador de Península Deportiva
 
Mérida.- José Cuevas y Humberto González parecen dos nombres comunes y corrientes, de cualquier mortal que haya pisado o todavía pise la faz de esta convulsionada tierra, en particular de México, con todas las tribulaciones habidas y, desgraciadamente, por haber.
 
Pero si les agregamos Pipino y “La Chiquita” entonces, muy probablemente, sabrán de quiénes estamos hablando.
 
En efecto, amigas y amigos, se trata de los legendarios ex boxeadores Pipino Cuevas (Pipino no es apodo, es su nombre de pila y el José no existe) y Humberto “La Chiquita” González, grandes entre los grandes del pugilismo mexicano y mundial.
 
El primero, con una pegada fulminante y garra de verdadero gladiador de las épocas del Circo Romano; el segundo, también con nudillos de acero y un temple a toda prueba. No en balde, en su momento, fueron figurones del box internacional, que llenaban los lugares donde combatían y con miles de seguidores que los llegaron a idolatrar.
 
Estos verdaderos “monstruos” del ring estuvieron en Yucatán, el sábado pasado, para el anuncio del torneo estatal de box amateur “William Abraham Dáguer” –aquél extraordinario mecenas del boxeo yucateco de hace algunas décadas- que organiza, entre otras personalidades, el diputado federal Jorge Carlos Ramírez Marín (el gordito Marín), el ex gladiador Gustavo Espadas hijo, el Consejo Mundial de Boxeo (CMB) y hasta, en su parte correspondiente, el Gobierno estatal, y fueron entrevistados por este humilde escribidor de notas y, en realidad, ¡mucha sencillez y calidad de seres humanos!
 
Claro está que a Pipino Cuevas (Cueivas lo anunciaba Jimmy Lennon sr. en sus presentaciones en California) y a “La Chiquita” González los une algo más que el boxeo. Por si no lo sabían, “ambos dos” (como acostumbraba a decir Cantinflas) se dedican al negocio de la “carne”, sí, pero no al que pudieron imaginarse las mentes cochambrosas.
 
Los dos tienen como su principal modus vivendi las carnicerías. Y viven con tranquilidad, sin sobresaltos económicos. Se lo ganaron en su trayectoria en el mundo de los trancazos.
 
No en balde, por ejemplo, a Humberto le apodaban también “El Carnicerito de Neza” (por uno de los municipios más emblemáticos del Estado de México)
 
PIPINO CUEVAS
 
Pipino fue dueño de una pegada demoledora, paralizante, además de considerable resistencia al castigo. En la entrevista recordó que uno de sus máximos combates fue con el pugilista boricua Ángel Espada. Sostuvieron tres pleitos y en todos el mexicano salió avante y por la vía del costalazo.
 
Su suerte de campeón mundial de peso wélter cambió cuando se enfrentó a la famosa “Cobra de Detroit”, el gringo de color Tommy Hearns, otro inmortal del boxeo. Pipino cayó fulminado. Allí cambió todo pero, a cambio, sobrevino la madurez y aceptar que su etapa como guerrero de los cuadriláteros estaba por culminar.
 
Ahora, con algunos años más encima y pocos kilos de los que originalmente pesaba como boxeador (66 ó 67), no deja de estar activo. “Camino mucho todos los días, no fumo, no bebo y me duermo temprano, y de vez en cuando regreso al gimnasio para soltar algunos golpes”, dijo como evocando sus grandes glorias.
 
¿”Cómo encuentra al boxeo actual”?, le fue preguntado.
 
“Bien, hay material interesante, buenos muchachos pero tienen que entrenar y no desperdiciar el tiempo”, respondió.
 
¿”No cree que hay demasiados títulos de por medio y muchos organismos que tratan de regir el boxeo”?, le fue consultado.
 
“Sí, claro, en mis tiempos sólo existían el Consejo Mundial (CMB) y la Asociación Mundial de Boxeo (AMB); ahora hay exceso de campeonatos; eso no es bueno porque se hace más negocio que cuidar por los boxeadores.
 
“Para el que el boxeo mexicano siga adelante y no decaiga se necesita que existan buenos entrenadores y que los pugilistas entrenen al ciento por ciento y que no se distraigan con drogas, vicios y todas esas cosas”, sostuvo.
 
Actualmente, Pipino no está enfocado a cuestiones de boxeo; acude a entrevistas, viaja por el país como invitado con cosas relacionadas por este deporte, “pero no, por el momento sólo me dedico a la familia y a mis negocios”.
 
“LA CHIQUITA”
 
El gladiador de Ciudad Neza, vistiendo una guayabera color “Huayita”, recordó sus combates con púgiles yucatecos como Santiago Méndez (ya fallecido), Jorge Cano y Javier “Candelita” Várguez (peleó también con Javier Alonso al que fulminó en un round en Acapulco).
 
“Todos extraordinarios y con muy diferentes estilos. Por ejemplo, Santiago se movía siempre y no presentaba blanco fijo; Jorge era un estilista y, además, zurdo; muy complicado. De Javier con sólida pegada, gran resistencia”.
 
“¿Cuál es tu opinión sobre el boxeo actual, sobre todo en México?” se le interrogó.
 
“Sí, existen buenos boxeadores, hay muy buenos, pero también se tienen que dedicar y no cometer los errores de otros grandes de México que han acabado mal”, propuso.
 
También evocó sus grandes combates con el “pocho” Michael Carbajal. “Esas peleas fueron muy duras, gané y perdí, hubo de todo, pero aprendí a que la disciplina sólo te lleva al éxito”, dijo.
 
“La Chiquita” habló de que trabaja en algunos gimnasios del Estado de México con boxeadores amateur. “Ando en la talacha, siempre ligado al box; a este deporte le debo casi todo en la vida”, aseguró.
 
También comentó brevemente de sus negocios particulares. Además de una cadena de carnicerías, planea abrir un casino en la Ciudad de México.
 
“Hay que cuidar los billetes y la familia”, detalló con pícara sonrisa el que fuera el primer peso pequeño a nivel mundial en tener una bolsa superior al millón de dólares. “Me la gané, trabajé para ello y siempre tuve en mi esquina a gente que me apoyó”, manifestó.
 
Así de simple. Dos leyendas en Mérida conviviendo de lo más sencillo. Ya podemos contarles a los hijos o nietos que, algún día, dos “monstruos” del deporte estrecharon las manos de simples mortales. ¡Acabó la pelea!

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