Por Juan Carlos Gutiérrez Castillo.

Mérida.- El señor periodista y caballero Don Rafael Humberto Mendoza Realpozo, quien durante más de 50 años fuera uno de los personajes más influyentes del boxeo mundial, del que era una mano invisible, murió esta madrugada en Guadalajara, donde llegó a su fin terrenal la existencia de un hombre que, desde la Península de Yucatán, se proyectó a hacer una carrera digna de una película que perdurará por siempre en la mente de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y el honor de ser sus amigos.

Esa misma película perdurará también en todos los que son aficionados del boxeo, quienes sin haber jamás sabido de su existencia, disfrutarán de muchos de los capítulos de los que él, sin haber sido protagonista,  imaginó y creó.

Mendoza Realpozo, “para empezar (como él decía)”, fue pieza clave en la carrera de gente como José Ángel “Mantequilla” Nápoles, Ricardo Arredondo, Miguel Canto, Gilberto Román, Daniel Zaragoza, Pipino Cuevas, Humberto “Chiquita” González, entre otros y más recientemente, ni más, ni menos, de Saúl “Canelo” Álvarez, cuya carrera concibió desde sus inicios y abandonó al no estar de acuerdo en el camino que vio iba a tomar.

Yucateco de nacimiento, campechano de crianza, jalisciense por adopción y ciudadano del mundo, Rafael Mendoza Realpozo vino al mundo en 1937, siendo hijo de maestros rurales que desde pequeño lo llevaron a Dzitbalché, Campeche, donde creció e hizo su escuela primaria, recorriendo “el camino real” (vía que unía simbólicamente a Mérida con Campeche) para llegar al colegio.

Luego, hizo su secundaria en una escuela federal que funcionaba como internado en la calle 62 del centro de Mérida y donde fue condiscípulo, entre otros, de Jesús Martínez Ross, quien llegaría a ser el primer Gobernador Constitucional de Quintana Roo.

Cerca de su escuela secundaria, a unas dos cuadras, se erigía oronda, la que con el Polifórum Zamná ha sido la más icónica arena de boxeo en el sur de México, el “Circo Teatro Yucateco”, a donde su padre, Rafael Mendoza Quintero lo llevó a ver lo que se convertiría en su adicción, modus vivendi y motivo de vida en el que llegaría a ser el mejor del mundo en lo suyo: la administración y gerencia del boxeo.

Llevado después a la Ciudad de México, donde tuvo la disyuntiva de estudiar Medicina y Psicología, finalmente se decidió por la segunda disciplina, la cual terminó, pero ejerció por poco tiempo como analista de grupos y personas para empresas comerciales, al tiempo que combinaba esa actividad con el periodismo escrito, especializado en boxeo.

Fue el también insigne periodista y, además historiador sudbajacaliforniano, Don Víctor Cota León, quien durante las correrías universitarias de ambos (Cota estudió Leyes) lo apoyó para escribir en la revista Nócaut, de donde saltó a otras empresas y bajo el respaldo de gente como, ni más, ni menos, Don Ángel Fernández Rugama, se encaminó a una trayectoria que en los hechos llegó al infinito…y más allá.

Reportero del Diario Esto, donde escribía bajo su propio nombre y con el pseudónimo de “Tom Talbott”, comenzó a darse a notar por su fina (era un tipo culto) y muy aguda pluma que enseñó a leer entre letras a millones de personas en México en la época en la que el boxeo era un deporte prioritario en el país.

Esa agudeza le venía natural, no en balde su apodo más famoso (de los muchos que tuvo), “la Cobra”, le surgió en la escuela preparatoria de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde un maestro así lo bautizó por el sarcasmo que utilizaba de bote pronto para responder a una ofensa, indirecta o para evidenciar a alguien que quisiera pasarse de “vivo” con él o algún ser querido.

Ese sarcasmo, que lo acompañó hasta el último de los días en los que estuvo consciente, lo distinguió y le hizo ganarse el respeto y temor de sus alternantes, en concreto de aquellos que estuvieran del otro lado de la mesa, o, en su caso, del ring, a los que siempre les sabía algo o conocía alguna desventaja (sin conocimiento de ellos), para pararlos en seco y ganarles la partida.

Él mismo se definía como tal: “Soy un contragolpeador”, se autonombraba con su voz ronca, grave, jactándose un poco de ello.

Tipo de personalidad muy segura, algo soberbio, lo cuál reconocía y también lamentaba a veces, aunque decía…”yo sí tengo con qué serlo (soberbio), pero lo mejor es evitarlo”.

Pese a ello, no le gustaban los reflectores, los odiaba podría decirse y trataba siempre de pasar con un perfil bajo, aunque su influencia era definitiva en muchos casos, casi siempre sin que los protagonistas lo supieran, era una especie de “mano invisible” en el boxeo.

No era de los que cuando ganaba uno de sus boxeadores brincaba como loco al ring, tratando de cargar al boxeador, o casi pateando al réferi, para alzarle la mano al boxeador robándole la escena, luego de que éste expuso la vida sobre la tarima.

Decía, muy a su manera: “Hay sujetos que cuando van a un funeral son capaces de sacar al muerto del ataúd y meterse ellos en él; o si bien van a una boda, le arrancan el velo a la novia y se lo ponen ellos o si llegan a una fiesta de quince años, le roban el chambelán a la quinceañera; son gente desequilibradas”. 

Era un tipo discreto, sencillo y al mismo tiempo con una enorme clase, sin mucho hablar, con una palabra dicha en el momento exacto, siempre con sarcasmo y sin insultar, ponía en su lugar al que fuera, rematando su frase con su enigmática sonrisa, como hizo una vez a un promotor al que en la Riviera Maya, en la única presentación de Saúl “Canelo” Álvarez en le Península de Yucatán, le entregó un balero de madera haciendo un “capirucho” antes de despedirse (los que allá estuvimos sabemos porqué).

Tipo osado, determinado, decidido, renunció al diario Esto en una ocasión cuando por su dominio perfecto del inglés intentaron mandarlo a cubrir, ni más ni menos, que la gran final de Wimbledon en Londres, alegando que el deporte blanco era aburrido y sin sentido.

Tras no aceptarle su renuncia y dejarlo en la sección de boxeo a petición de su amigo y directivo de entonces, Guillermo Chao Ebergeny, el entonces “Diario de los Deportistas” (ahora diario de los futbolistas) lo envió como corresponsal a Nueva York, donde vivió algunos años y amplió sus conocimientos periodísticos y promocionales que había adquirido como matchmaker (concertador de combates) de la Empresa Mexicana de Boxeo de la empresa de los señores Lutteroth, donde desarrolló la carrera de Rubén Olivares como preliminarista, entre otros.

En Nueva York se relacionó e hizo amistad con gente como Ed Schuyler, periodista beisbolístico y boxístico de la Agencia Asociated Press y conoció a Dewey Fraggeta, el más grande agente boxístico de la época (en todo el mundo) y quien le dio las herramientas, conocimiento y contactos para sucederlo en ese estatus.

Allá conoció y frecuentó, a la insigne antropóloga Margaret Mead y terminó de hacer estudios asociados a la psicología que le sirvieron a su regreso a México.

Fue, Don Rafael, sin asomo de dudas, el mejor del mundo en lo suyo a partir de la década de los 70´s y lo demostró conduciendo las carreras de gente como Ricardo Arredondo, Miguel Canto, Gilberto Román, Daniel Zaragoza, Huberto “Chiquita” González, Óscar “Chololo” Larios  y el citado Saúl “Canelo” Álvarez, con quien rompió relaciones cuando comenzó a involucrarse con políticos, cosa con la que la “Cobra” no estaba de acuerdo.

Otros de los boxeadores con los que estuvo asociado, al menos parcialmente, fueron los hermanos Rafael y Juan Manuel Márquez de quienes se desvinculó al terminar la relación de trabajo que por años mantuvo con el mánager de aquellos, Ignacio “Nacho” Beristáin.

Asimismo, de una u otra manera estuvo relacionado con gente como Carlos Monzón, Alexis Argüello, Michael Carbajal, Vicente Saldívar, Pipino Cuevas, Gustavo “Guty” Espadas sr. y jr. Ulises “Archie” Solís, entre muchísimos más, a partir de la década de los 60´s.

Tuvo que ver con todo, todo mundo en el boxeo y por ello viajó y conoció virtualmente todo el planeta o al menos cada nación en la que ha habido boxeo (no box como odiaba que este deporte fuera llamado).

Por él llegaron a este deporte personajes como el “James Bond” del boxeo, el referee sudafricano Stanley Christodolou, cuya intervención sobre el ring, su primera en un campeonato mundial, consintió cuando su pupilo Romeo Anaya expuso la corona mundial gallo contra Arnold Taylor, quien era paisano de aquél.

“Si bien permanecí en alto nivel en el boxeo por mi capacidad, llegué al nivel mayor por Rafael, por la confianza que él me dio”, confesó una vez el oficial sudafricano a quien esto escribe en el año 2011.

El último boxeador al que él representó fue Saúl “Canelo” Álvarez al que en una célebre y muy oportuna declaración a finales de 2007 al destacado periodista, José Luis Camarillo, puso en el candelero al retarlo para enfrentar, siendo un novato, a Julio César Chávez jr. lo que generó un gran debate y el enojo y furia de “Papá Julio”.

Nunca fue de los que firmasen a un boxeador, es más, se negaba a ello, para no estar ancadenado legalmente y poderse alejar de un púgil cuando él detectase que no había nada que hacer con él y sí mucho tiempo que perder.

Empero, reconoció que hubo un boxeador con el que sí hubiese firmado un contrato y ese fue el yucateco Róger Arévalo, por el que tuvo una especial admiración y al que concibió como una potencial estrella del boxeo mundial, lo que no habría finalmente sucedido por la tormentosa vida y errada conducta de quien fuera el primer campeón mexicano de la división de los súperplumas.

Hoy, finalmente, a los 80 años, a la misma edad de su amigo, paisano y admirado colega Alberto Eljure Sesín (del que decía era el mejor promotor de boxeo que conoció en México y cuyo XV aniversario de muerte se conmemora este sábado), murió tras una batalla de unos seis meses con una serie de diversos males que conjugados con un repentino cáncer finalmente cobraron su vida. 

A nuestro inolvidable Don Rafael le sobreviven su esposa, sra. Martha Esperón, hijas Macarena y Mariana, hijos políticos, nietos, hermanas María Teresa, Rita y hermano Róger, así como su hermano de corazón (se querían como tal), Adolfo “Fito” Gómez.

Asimismo, aquellos en quienes de una u otra manera inoculó “el dulce virus” del boxeo y que lo vamos a extrañar, pero sobre todo recordar con placer y agradecimiento. (Quepd un yucateco, un mexicano, un humano y un terrícola sin igual).

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