Por Jorge Canto Alcocer.

Publicado en el Diario Por Esto.

Mérida.- A media semana parecía que las cosas iban a cambiar a favor de las fieras. Con tres triunfos en cuatro partidos, incluso un espectacular regreso en el juego del viernes frente a Puebla, pensamos que el giro por fin se había realizado, pero fue un espejismo: dos humillantes derrotas amargaron el fin de semana y nos regresaron a la realidad.

Tras este resultado, los Leones se mantuvieron en el sótano y, peor aún, por primera vez ocupan dicha posición en solitario. Pero lo más trágico es la sensación generalizada de desarmonía, desequilibrio y desazón que se ha apoderado, sin duda, del equipo y del cuerpo técnico.

Entre tanto, la oficina continúa con una incomprensible estrategia: cuando empieza a hacer agua el fildeo, traen a otro cerrador; cuando no se tienen bateadores de contacto, traen a otro de poder –que por cierto es un bodrio en el fildeo, profundizando el problema original-; es como aquel famosísimo método Ollendorf: si te preguntan por qué llegaste tarde a algún sitio, contestas explicando los problemas inherentes a la educación de los niños autistas… o cualquier cosa, menos lo cuestionado.

Con peloteros desconcentrados, presionados, acostumbrados a perder, y un cuerpo técnico -que por cierto va creciendo desmesuradamente, y al que ahora se ha unido Vicente Palacios como coach de banca- desunido, desconfiado y, claro, también presionado, ¿existe solución fácil? Creemos que no, pero sí se dan decisiones que sólo empeoran las circunstancias, y es esto, exactamente, lo que está ocurriendo en la selva en estos momentos.

El partido del domingo fue un muestrario de la coyuntura. Samayoa tiró, como es su costumbre, en nivel de excelencia. La quinta argolla sobre la artillería poblana se iba cocinando, pero una rola de rutina no pudo ser controlada por Alex Valdez, y tras el yerro vino la catástrofe.

Cuando se disipó la humareda, los Leones perdían ya por cuatro carreras. Valdez podrá decir en su defensa que él realmente no es tercera base; él puede defenderse así, pero no es argumento, ni para el manager, ni para la oficina.

Algo similar ocurrió en la octava, en el marco del retorno de Chad Gaudin: cuando parecía que la entrada se iba en ceros, permitiendo aún oportunidad a los Leones, Wálter Ibarra cometió la marfilada que abrió la puerta a otras dos carreras, dejando el marcador definitivo.

El box score no deja lugar a dudas sobre la responsabilidad de la derrota: todas las seis carreras fueron inmerecidas, pero aún con efectividad de cero, Samayoa cargó con su primera derrota, y Gaudin malogró lastimosamente su regreso.

Realmente, no creemos que sea deseable mantener a Luis Carlos Rivera. El ambiente en el conjunto selvático es demasiado complicado, y no se ve que ningún camino de superación pase por la permanencia del manager.

Más bien, parece que alguien tuvo la brillante idea de contratarlo y defiende su permanencia a capa y espada. Pero el tiempo se agota, y las posibilidades de una remontada se hacen a cada vez más complicadas, sobre todo si no se hacen cambios drásticos.

Urge una revolución en el cuadro, que parta, por supuesto, de un excelente parador en corto y auténticos fildeadores en las esquinas, sobre todo en la caliente.

Jorge Flores ha respondido con el bate, sin duda, mucho más allá de lo que sus números hacían esperar, pero el terreno que alcanza es microscópico, lo que aumenta explosivamente la presión sobre la segunda base, y pone en entredicho a un tercera base tan limitado como Valdez.

Es cierto que el dominicano también ha respondido con el madero, pero hay que ser muy realistas respecto al daño que ocasiona su escasa efectividad con el guante y tomar una decisión por el bien del equipo.

Sobre los efectos de un auténtico primer bate en un equipo que tiene por casa al maravilloso Kukulcán, no es necesario insistir mucho: Leones sólo ha sido campeones y han tenido grandes éxitos de la mano de un verdadero punta de lanza; cuando, en cambio, se intenta basar la viabilidad del equipo en el poder, los resultados saltan a la vista.

Un toque bien dado causa mucho más daño que un garrotazo fildeado en la franja de advertencia aquí y en China, pero el punto (que parece escaparse a alguien de la oficina) es que la mayoría de los batazos que en León o en México se van para la calle, aquí en Mérida se quedan simplemente como largos e inofensivos elevados.

Entonces, se requiere revolucionar también el orden al bate, trayendo a un primero en el orden de categoría.

Sobre el staff de abridores abundaremos en próxima colaboración, baste decir por ahora que ni Luis Alonso Mendoza, ni Andrés Meza deben estar ahí o, dicho de otra forma, mientras ellos estén ahí, el equipo continuará por la calle de la amargura.

Por lo pronto, nuestros alicaídos Leones viajan, precisamente, al “Domingo Santana” de León y al flamante “Alfredo Harp Helú” de la Ciudad de México.

Prendamos, pues, nuestras veladoras e iniciemos nuestros rezos, recordando que el camino del infierno (donde jugarán durante el fin de semana) está plagado de buenas intenciones… y de cabezas de managers de béisbol…

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