EN LA MUERTE DE MOHAMED ALI

Doblan las campanas por el más grande…e irrepetible.

Por Eduardo Lamazón

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La muerte no perdona, ni siquiera a los que a veces, por diferentes razones, por amor, por idolatría, por fanatismo o por desvarío, creemos que debería perdonar, haciendo una excepción. No perdona ni aun a los que parecen inmortales.

Muhammad Ali ha muerto y ha llenado con su nombre otra vez las páginas de todos los diarios del mundo.

Los hombres que dejan huella son otros hombres.

Es la última vez. El último movimiento de ajedrez de un ser excepcional. Nunca más veremos un mismo día este espasmo colectivo, esta tempestad planetaria, la reacción masiva y febril por la acción de un personaje.

Sólo fue morirse. No hubo una victoria deportiva ni el momento es de festejos. Sólo fue su dejarse ir a la nada porque el último camino es apenas de un sentido.

Debía ser de otra manera, si pudiéramos escoger entre los designios del Creador, si accediéramos a un menú a escudriñar los entresijos de la vida y del morir.

¿Cómo? ¿Cómo este hombre otrora gigantesco y poderoso, invencible, colosal, se convirtió en un depósito tan ínfimo de vida? Querido, admirado, respetado por todos. Inteligente y austero, digno hasta lo inconcebible. Aquellas manos amenazantes y peligrosas, armas mortales de ayer, se convirtieron en un soplo de tremor suplicante, aquellas piernas de agilidad invisible tornaron a no caminar, su boca bocinglera que en millones de fotografías jamás vimos cerrada, se apagó como muere un relámpago en la inmensidad de la noche, para siempre, acompañante triste de una mirada extraviada y taciturna.

El almanaque de sus días postreros fue sin emociones. La vida un día sonríe y otro día duele al por mayor.

Metáfora de existir. Los hombres buenos también mueren. Serenamente, perplejidad en los ojos, bruma en el pensamiento, viajero inmóvil y sin memoria, vacío de todo, Muhammad Ali se marchó a lo desconocido para nunca volver.

Si el destino de los hombres viene escrito, ya estaba que iba a ser un mensajero mayor aquel muchacho insignificante de la infancia en Kentucky, que había nacido en Louisville en 1942.

Que era negro y que era pobre, descendiente de esclavos, las características salientes de su realidad, con las que se podía aspirar a poco y en ningún caso a conquistar nada más que el espacio donde estaba parado. No le pertenecía ni el aire que respiraba. Cargaba el nombre de la esclavitud -Clay-, que era el nombre en la familia desde el siglo XIX, cuando la trata de seres humanos le hizo a los Estados Unidos una herida imposible de cerrar.

Hace 227 años Louisville esá a la orilla izquierda del río Ohio, como homenaje perenne al rey Luis XVI de Francia. Hace 47 años que su hijo Cassius Clay, después Muhammad Ali, la puso en el mapa de manera más notoria, para siempre.

Clay fue el primogénito de Cassius Marcellus III y Odessa Grady Clay. Nació en el Hospital General el 17 de enero de 1942 a las 6:35 de la tarde. Pesó 2 kilos 940 gramos. Creció protegido por su amante madre sin conocer nunca la pobreza desesperante.

Su padre fue un hombre indiferente y parlanchín. Ali diría un día: “yo hablo mucho pero él hablaba más”. La carta de presentación preferida por Clay padre era decir: “Jamás he estado sin trabajo por un día en mi vida, y nunca he trabajado para nadie, excepto para mi”.

La vida de Clay no fue digna de nada para contar hasta los 12 años, cuando tomó contacto con el boxeo. A los 14 años ganó su primer título en Guantes de Oro y confirmó sus cualidades. Había un largo camino por recorrer, pero también muchos títulos que recogió hasta que Roma le dio en 1960 la medalla dorada de los Juegos Olímpicos y su más caro sueño de juventud.

Un trampolín que pone en órbita a cualquiera. Clay sabía que todo lo que antes había sido incierto en su existencia ahora tenía formas y agarraderas.

Estaba tomando la conducción de su destino. Sabía lo que quería y lo manejaría como un secreto de estado, sin permitirse ninguna flaqueza. O acaso una sola, cuando con lágrimas en los ojos en una noche de extraña melancolía arrojó su medalla de oro al río Hudson. Lo impulsaba un odio de siglos, un sentimiento incontrolable de vindicación y revancha, la determinación de empezar de nuevo y la certeza sin par de que recorrería todo el camino. El camino que delante y sin final se hacía cuesta escarpada y amenazante.

Antes de sumar veinte peleas profesionales fue campeón mundial, venciendo a Sonny Liston en una pelea en la que nadie le daba oportunidad de victoria.

Las luces del boxeo se encendieron y dieron fulgor a sus triunfos más resonantes. En el camino quedaron Joe Frazier, Floyd Patterson, Karl Mildenberger, Ernie Terrell, Zora Folley, Oscar Bonavena, Jimmy Ellis, Ken Norton, Earnie Shavers, George Foreman, y más.

NO IRÉ A LA GUERRA, NO MATARÉ VIETNAMITAS

El camino fue de espinas, entre otras cosas porque tenía 25 años y estaba en su mejor momento cuando el gobierno de su país le retiró la licencia de boxeador por negarse a ir a la guerra de Vietnam. “No iré a la guerra, no mataré vietnamitas, esa gente no me ha hecho nada y no son ellos lo que me llaman negro en forma despectiva”, explicó.

Ali transformó el boxeo mostrando que un boxeador puede ser mucho más que músculo en conflicto, que un hombre con principios en cualquier lugar se expresa y que hay batallas que se luchan toda la vida, más allá de los tres minutos de un round.

Ali transformó el deporte al confirmar que aun el boxeo, violento y muchas veces censurable, es un lugar para muchos único donde encajar y una herramienta para que vivan una vida los desheredados de la tierra.

Le di mi simpatía hace muchos años, cuando supe que detrás del nombre de Ali y de Ali boxeador se escondía un hombre valiente que pretendía ser apóstol de su época. Se disfrazó de payaso para llamar la atención y después recorrió cada uno de sus días como un ejemplo vivo, como una leyenda inconmensurable del deporte. El payaso se transformó en paradigma.

Le di mi corazón cuando advertí que detrás de la mística religiosa no había ninguna segunda intención de su parte, sino un verdadero deseo de servir, de transmitir su fe, de ayudar aun en terrenos que no le eran propios.

No exagero un ápice cuando digo que Ali fue un hombre profundamente bondadoso. Jamás protagonizó un momento ominoso fuera del ring. Tuvo la paz de un santo. Ayudó siempre a quien tuvo cerca y dio hasta su alma a muchos que abusaron de su generosidad aprovechándose de que fuera del ring Ali fue siempre inofensivo.

Hace cincuenta años era el rey del mundo. Las siguientes décadas fue el hombre más reconocible del planeta. Fue el prototipo del éxito y no lo usó, cambiándolo por una vida austera y de servicio.

En este momento de la humanidad, cuando a veces el ánimo decae porque sólo vemos hombres avariciosos y espíritus devastados, cuando no hay luz por delante, la presencia de Ali vivo era un faro resplandeciente, una cádava que ardía inmarcesible, el hombre bueno que no encontraba Diógenes de Sinope.

Aprendamos de su ejemplo: hacer maravillosamente bien lo que nos toca, vivir sin estridencias, amar a los demás, servir sin condiciones.

Doblan las campanas por el que ha partido.

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