El mito de Salvador Sánchez crece 35 años después

El protagonista de la más emotiva, recordada pelea del boxeo mexicano murió en un día como hoy de 1982

México.- En la madrugada del 12 de agosto de 1982, en la carretera que va de Querétaro a San José Iturbide, Guanajuato, el entonces ya consagrado campeón mundial pluma, Salvador Sánchez Narváez sorprendió al mundo del boxeo y al universo entero al morir víctima de un accidente que segó su vida a la temprana edad de 23 años.

Sánchez, una especie de James Dean del pugilismo, y cuya aportación a este deporte, si bien fue extraordinaria se dimensionó aún más, a niveles irreales para las nuevas generaciones con este fatal, triste, infausto fin, cumple este día 35 años de haber entregado su alma al creador.

El hombre que un año antes, el 21 de agosto pasó a la posteridad al quitarle el invicto y humillar de manera cruel, inhumana, pero, increíblemente merecida al boricua Wilfredo Gómez, uno de los boxeadores más hablantines,  fanfarrones, irrespetuosos e hirientes con la lengua que la faz de la tierra haya conocido (posteriormente se volvió un caballero), se vio envuelto en una desgraciada confluencia de vehículos a gran velocidad.

De ella resultó muerto instantáneamente, luego que su Porsche 928 se incrustara debajo de la parte trasera de un camión.

Su rostro chocó contra el volante y le golpeó una de las cejas, pero lo peor fue que el gran vehículo aplastó el techo de su auto deportivo y una parte de la lámina le causó una fatal herida al incrustársele en el cráneo.

Salvador ya llevaba 10 defensas de la corona Pluma del CMB, que había conquistado el 2 de febrero de 1980, en Phoenix, Arizona, al noquear en el round 13 a Danny “Coloradito” López.

Desde ese momento enfrentó a varios retadores muy calificados, incluyendo una revancha con el propio López (que ilustra esta remembranza), una pelea memorable (para él) con el boricua Gómez, un duro combate con el californiano Rubén Castillo y una dramática pelea final ante el ghanés Azumah Nelson, que sería la última de su carrera.

Fue el 21 de julio del 82, en el Madison Square Garden de Nueva York y el referee fue Tony Pérez.

Se anunciaba que Salvador le daría la revancha al boricua Juan Laporte el 15 de septiembre de ese año 82. Ya comenzaba su preparación con su entrenador Cristobal Rosas Amézquita y su asistente Luis “El Patillas” Huertas.

Cuentan sus biógrafos que el campeón recibió, en su campo de entrenamiento, una llamada en la tarde del 11 y se mostró inquieto.

Silenciosamente, se retiró, tomó las llaves del Porsche 928 y se marchó con la excusa de que iba a comprar unos implementos para mejorar sus equipos de sonido.

Investigaciones posteriores revelan que Salvador anduvo por Querétaro donde visitó varios sitios de recreación y estuvo reunido con amigos hasta altas horas de la noche.

La madrugada mexicana amaneció con la infausta noticia. El campeón Salvador Sánchez había muerto en un accidente.

Su entrenador Cristobal Rosas, acudió a la morgue de la ciudad al día siguiente y con el rostro bañado en lágrimas, reconoció el cadáver.

Las exequias en Santiago Tianguistenco, su pueblo natal, fue un acto multitudinario el más grande que esa pequeña localidad mexiquense recuerde, con asistencia de gente por su propia voluntad.

Han pasado ya 35 años y es el caso que, a medida que el tiempo pasa, pareciera que la afición al boxeo aumenta su idolatría por el gran campeón, Salvador Sánchez Narváez a quien sobrevivieron dos parejas, una de ellas su esposa, una dama de apellido Guadarrama y dos hijos.

 

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