“Canelo” Operación 15 de septiembre (II)

La aguda y anecdótica pluma de Eduardo Lamazon prosigue su análisis del pleito del 15 de septiembre

Por Eduardo Lamazón

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México.- Un lánguido viento del sur murmura cada septiembre en Las Vegas. Es suave y cansino, pocas veces alcanza los 10 kilómetros por hora y para los caminantes de las anchas aceras veganas deviene en una caricia transparente y seductora.

A mediados del mes termina la mejor época del año para visitar la ciudad, y es importante recordarlo porque en otras temporadas el clima es un enemigo sempiterno y fastidioso. El invierno es sepulcral, frío de muerte y seco, y el verano es sofocante.

Septiembre es desde hace muchos años tiempo de buenas peleas. El boxeo es el deporte de la ciudad y congrega a miles de aficionados. Don King patentó la idea de la fecha mexicana el día de independencia cuando Julio César Chávez fue campeón en los ochenta y su presencia se hizo más y más convocante.

King promovió con Butch Lewis, el apoderado de Michael Spinks, la función del 21 de septiembre de 1985, que Spinks encabezó venciendo a Larry Holmes, y en la que Chávez hizo respaldo con la tercera defensa de su título superpluma contra Dwight Pratchett (Dwight, de Gary, Indiana, de donde era Tony Zale, aquel combatiente de acero que un día derrotó a Rocky Graziano y otro día, peleando con Billy Pryor, metió 135,000 personas, récord de asistencia, al Juneau Park de Milwaukee).

Ese Julio César Chávez fresco, carilindo y genial se revelaba como una nueva gran figura y ahí estaba el engranaje oportuno y diligente de la promoción boxística para garantizar que nada se fuera a malograr.

King y Butch Lewis de socios, escribí. No recuerdo haber estado con ellos juntos, pero me sobresaltó cuando imagino a esos dos colosos de la ambición y de la avaricia repartiéndose el pastel. Pincelada grotesca de la historia de Fistiana, dos perros rabiosos en pelea a muerte hubieran sido menos peligrosos que los susodichos defendiendo sus billetes verdes.

El sábado más cercano al 15 de septiembre es la clave, porque miles de mexicanos viajan a Las Vegas en un casi siempre fin de semana largo, generoso en celebraciones, ocasión para que la ciudad los reconozca como irredentos proveedores de divisas.

El día que conmemora el inicio de la gesta de independencia es el 16, pero nunca oí a nadie decir ‘vamos a festejar el 16’. Se festeja desde el 15, porque un buen mexicano nunca celebra poco, un buen mexicano siempre celebra mucho.

Julio César Chávez se fue de la actividad un día; un día olvidado y triste cuando el boxeo lo dejó a él que se negaba a la despedida, pero la fecha de septiembre quedó incorporada al calendario caliente de Las Vegas, y fue cita para los que llegaron, Barrera, Márquez, Morales y el Canelo.

A las 21:00 horas, hora local, subirá la pelea el día 15.

Para continuar la historia. Podríamos decir que van a pelear del round 13 al 24.

Sobre una pelea pareja, como la primera, todo el mundo tiene una opinión. Pero sobre una gran pelea pareja y que terminó en empate, cualquiera tiene dos, o muchas más.

Es raro que alguien que no haya llevado una tarjeta de anotación diga que está de acuerdo con el empate. Lo habitual es que todos hayan escogido un ganador de la primera pelea.

Ya he dicho cuánto me gustó ese Canelo renovado de hace un año, que incorporó un trabajo fenomenal de la cintura para abajo, algo que antes no hacía, y he dicho que me gustó menos Gennady Golovkin, otra vez macilento e ineficaz, como lo ha sido desde la pelea con Daniel Jacobs.

Vimos al mejor Canelo, y no vimos al mejor Golovkin.

Ahora van por lo mismo otra vez.

A las 21:00 horas, hora local, subirán al ring. Asistiremos al ritual con la circunspección de invitados a presenciar un duelo a muerte al amanecer.

Dos horas antes habrán llegado los gladiadores al moderno Coliseo.

A Canelo lo espera el vestidor número 7, de paredes grises con bordes fucsia, con sillones negros de piel, con una pantalla plana de televisión tamaño mundo donde podrá ver lo que anteceda a su escalar al ring.

Veintiocho años tiene Saúl. A los 28 años Napoleón conquistó Egipto en julio de 1798. A los 28 Johnny Weissmuller fue el primer Tarzán de la cinematografía tras haber ganado 5 medallas doradas en Juegos Olímpicos.

Cuando Gennady Golovkin tuvo 28 años no era campeón de nada, jamás había peleado en los Estados Unidos y exhibía un récord amateur notable y un récord profesional interesante de 19 peleas ganadas que no hacía aún seguras promesas de futuro.

Un modesto logro había sido un título adulterino que había obtenido en Alemania, uno de esos títulos con los que los inefables organismos del boxeo engañan, etiquetas para tontos que consumen miasma y la agradecen. ¡Háganme el favor!

¡Háganme el favor! ‘Título Intercontinental’. Desde la semántica llamar a los títulos mundial, internacional e intercontinental es lo mismo, pero las organizaciones del boxeo, que miran a lontananza si alguien les pregunta en qué se diferencian, venden tres etiquetas en lugar de una. Ya se les ocurrirán títulos planetarios, o globales, o terráqueos, para seguir escalando en la ignominia.

Diógenes de Sinope, con su lámpara, no hubiera encontrado lo que buscaba, no en el boxeo.

Golovkin tiene 36 años de edad. Mozart murió a los 35.

La edad no debe ser determinante para un músico si Mozart componía a los 4 años y Pau Casals ejecutaba con maestría sin igual más allá de los 90.

Los boxeadores en cambio tienen límites inexorables. Los 36 de Gennady Golovkin podrían ser más que los 90 de Casals.

Nunca sabemos cuándo llega el día fatídico del adiós para un peleador, cuando ya no puede hacer lo que hacía con la perfección con la que lo hacía.

Si no es tarde para él, Gennady Golovkin intentará ganarle al Canelo.

Para ganarle quizá baste colocar una derecha precisa y ver si cae el que nunca ha caído. No es bueno pronosticar derrotas por nócaut de quienes no han sido noqueados, pero sí es pertinente recordar que siempre puede haber una primera vez.

Si hablamos de estrategias, Gennady hará lo mismo que en la primera pelea. No puede ni tiene por qué cambiar.

No puede porque no es versátil y no tiene que cambiar porque según él lo hizo bien la primera vez, sólo que la mano salvadora no llegó. La derecha, porque el jab fue correcto y pertinaz, pero su derecha faltó a la cita. Él es el que vimos hace un año y esas son sus armas. No tiene un archivo de opciones a su disposición.

Empuja con las piernas y cuando queda a distancia adecuada descarga su fuerza con acres intenciones. Muchas veces le ha dado resultado, la victoria. Por algo exhibe 34 nócauts en 38 triunfos. Sus rivales no cayeron porque el piso haya estado enjabonado.

A Canelo lo acompañan dos premisas: una es alejarse lo posible de las cuerdas, porque pocos entienden su intención de demostrar que GGG no le hace daño cuando se cubre y se deja pegar, cuando perdura tiempos muertos hamacándose en el ensogado hasta provocar desesperación en los observadores. La otra premisa es aumentar su caudal de golpes para forzar diferencias en una pelea que será, otra vez, irremediablemente pareja.

En la primera pelea Canelo tiró menos metralla que Golovkin, pero con lo que tiró fue más preciso. En el boxeo cuenta primero la calidad de los golpes, luego la cantidad.

La economía de disparos de Saúl se entiende por la estrategia de caminar hacia atrás. Es más difícil golpear si se camina en retroceso. Mantequilla Nápoles me lo dijo cien veces en nuestras pláticas: “Pegar yendo hacia adelante lo hace cualquiera, pegar en retroceso, ahí es donde los quiero ver y te digo si son buenos.”

De todos modos Canelo disparó poco en la primera pelea, 45 golpes por round, menos que eso en algunos asaltos.

Necesita diez golpes más por episodio, y eso es mucho.

Preparémonos para una pelea equilibrada, porque no puede ser otra cosa. Y si usted me cree esto de que va a ser nivelada, igual tómelo con un rictus de suspicacia.

Las peleas son caprichosas y toman caminos propios, no hacen caso a los pronosticadores. Ningún experto pronosticó que Cassius Clay le ganaría a Sonny Liston en Miami, o que Mike Tyson vencería a Michael Spinks en Atlantic City.

Los que saben no saben, calculan. Pero el boxeo es del todo inextricable y por eso un día Jake LaMotta le ganó a Sugar Ray Robinson; y el mismo Robinson, tan grande, perdió dos veces con Paul Pender, lo que era imposible aunque Dios lo quisiera.

Si el boxeo fuera previsible sería poco atractivo.

Ha pasado un año para Canelo y para GGG, pero nada es igual a como era entonces. Mucho ruido, mucha rabia, mucho enojo los ha separado. El positivo de clembuterol fue sólo una excusa. La guerra verbal creció hasta lo inimaginable. Los trascendió e involucró a las esquinas y es claro que ahora la disputa es también entre Abel Sánchez (“Es un pendejo”, dijo Canelo) y los señores Reynoso, el “Chepo” y Eddy.

De desencuentros está sembrado el camino al infierno.

Ni de Gennady Golovkin ni de Saúl Álvarez puede decirse que sean tipos bocones, pero están haciendo una excepción para llegar encendidos a esta pelea.

Van a pelear 12 rounds que deben cambiarles la existencia.

Hay días en los que vale la pena luchar.

Es curioso pero debemos repetir el mismo discurso que utilizamos antes del primer combate. Esta es la gran pelea de su vida de boxeador para Álvarez. Una derrota lo regresaría a los años de controversia cuando le faltaba algo importante, cuando no convencía. Remontar lo perdido sería ya tarea imposible.

A Gennady Golovkin la vida lo apura. Su historia está casi definida, pero un resultado a favor o en contra el día 15 le importa. Ganar o perder no es lo mismo, nunca lo es.

A la hora señalada, el día D, los oferentes caminarán al ring cortando el aire denso y pesado de la T-Mobile Arena. Sufrirán ese desgarro secreto de saber que no hay mañana, ni ayer.

Dos hombres en pugna. Para no derrumbarse están obligados a pelear.

Otra vez el boxeo grande y su ceremonia ancestral. Es simple y brutal, para eso se creó este deporte. Son dos en conflicto y queremos saber cuál es el mejor.

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