Mérida.- Si usted es aficionado nacido en la década de los 70´s, debe recordarlo y quizás seguir vibrando como los más de 50 mil que esa noche lo hicieron en el Dodger Stadium.

Si no, sus padres o youtube se lo han de haber contado.

El caso es que hace 30 años como hoy, Kirk Gibson, el mismo que en 1984 fue campeón con los Tigres de Detroit, salió, virtualmente del hospital y con un swing improbable, mas no imposible para héroes como él, cambió la historia del primer juego de la Serie Mundial de 1988 al depositar la pelota fuera del campo, en la salida de su equipo los Dodgers, que perdían por una carrera y a los que con cuenta de 3 y 2 y dos outs, llevó al triunfo en un momento que incluso opacó el resultado de ese clásico otoñal.

Luego de siete lanzamientos del para entonces quizás mejor pítcher de las Ligas Mayores, Dennis Eckersley, que llegó a ese primer juego de la Serie Mundial con 49 salvamentos previos en ese año, Gibson chocó la pelota de manera tal que la hizo volar por los aires en una agónica espera, para unos y para otros, hasta que logró traspasar la barda del jardín derecho del mítico parque.

Gibson, quien entró como bateador emergente y que tenía una lesión en la rodilla izquierda (inexplicablemente estaba en el róster) ganó el duelo de la paciencia al gran relevista y le bateó el primer jonrón, casi en dos meses (24 de agosto), para mandar a Mike Davis y a él mismo con las dos carreras que dejaron tendidos a los favoritos Atléticos.

Muchos no lo saben, pero Gibson no fue originalmente el hombre que originalmente había sido enviado al circulo de espera como bateador emergente, sino Dave Henderson, pero no el colmillo, sino la intuición, “ese no se qué”, esa voz que llega al corazón, más que a la mente, le dijo al viejo mánager Tom Lasorda que el lisiado que tenía a unos metros de él podía hacer lo que se antojaba virtualmente imposible…y no se equivocó.

Como si fuera la lotería, Lasorda “le pegó al gordo”, un gordo que repartió todo el premio entre más de 50 mil asistentes al parque de Chávez Ravine en Los Ángeles que por mucho tiempo después de lo sucedido permanecieron abrazándose, sin conocerse muchos de ellos, pero unidos por el momento más electrizante que habían presenciado sobre un diamante.

Gibson no volvió a agarrar un solo turno en toda esa Serie Mundial, ganada por los Dodgers (la última en la que han participado), pero su hazaña de dimensiones de epopeya le dio el sello e identidad a ese clásico otoñal, así como 32 años antes lo había hecho Don Larsen al blanquear, dejar sin hit ni carrera y tirar un juego perfecto contra los mismos Dodgers, pero cuando “residían” en Brooklyn.

La única pregunta que quedaba en el ambiente, como bien dijo el inmortal cronista Vin Scully era si el cojo Gibson podría completar el recorrido sin ayuda, pero su casta, como también destacó el gran mexicano Pedro “Mago” Septién lo hizo posible.

Su recorrido, con una pierna llevándola como remo, mientras alcanzaba cada una de las cuatro esquinas del diamante, sonriendo, blandiendo los brazos como una escopeta, fue su camino hacia la perpetuidad que hoy día disfruta y que hoy día también millones de fans al béisbol (no precisamente de los Dodgers) disfrutamos y gozamos 30 años después cada vez que lo vemos…(QDSBKG) (Que Dios siga bendiciendo a Kirk Gibson).

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